jueves, abril 3, 2025
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El bilingüismo en Canadá: Una danza de dos idiomas con siglos de historia

Imagina caminar por las calles de Ottawa, nuestra capital, y ver señales en inglés y francés por todas partes. Parece normal para nosotros, pero para muchos visitantes, es como aterrizar en un país dividido por la mitad. Esta realidad tiene raíces más profundas que los erables que adornan nuestro paisaje.

Todo comenzó hace siglos, allá por el 1500, cuando franceses y británicos decidieron que les gustaba nuestro frío país (¡quién lo diría!). Los franceses llegaron primero, estableciéndose en lo que hoy es Quebec. Luego vinieron los británicos, y como era de esperar, no se llevaron muy bien al principio.

Después de mucho tira y afloja, guerras incluidas (como la famosa batalla de las Llanuras de Abraham en 1759, que cambió el destino de Norteamérica), los británicos ganaron el control. Pero en lugar de borrar la cultura francesa, decidieron ser «buena onda» y permitir que los francocanadienses mantuvieran su idioma y costumbres. Un movimiento bastante inusual para la época, si me preguntas.

Comparemos esto con lo que pasó en Estados Unidos, nuestro vecino del sur. Allí, el inglés se impuso como lengua dominante, relegando otros idiomas a un segundo plano. En cambio, aquí en Canadá, el francés no solo sobrevivió, sino que prosperó, especialmente en Quebec.

Hablando de Quebec, ¡vaya que son apasionados con su idioma! En los años 60 y 70, hubo un movimiento separatista fuerte. Querían su propio país, imagínate. Para calmar las aguas, el gobierno federal implementó la Ley de Idiomas Oficiales en 1969. Fue como decir: «Oigan, los dos idiomas son igual de importantes, ¿vale?».

Pero la cosa no quedó ahí. En 1977, Quebec aprobó la Ley 101, que básicamente dice que el francés es el idioma oficial de la provincia. Si vas a Montreal, verás que los letreros están primero en francés y luego en inglés, si es que hay inglés. Es como si hubieran dibujado una línea invisible alrededor de la provincia.

Ahora bien, esto del bilingüismo tiene sus ventajas y desventajas. Por un lado, nos hace únicos. Somos como el hijo bicultural de Inglaterra y Francia, con un toque de sabor norteamericano. Por otro lado, puede ser un dolor de cabeza para los recién llegados.

Me acuerdo de un amigo de España que vino a vivir a Toronto. Pensó que con su inglés de instituto la haría. Pobre iluso. Se encontró con que para muchos trabajos gubernamentales necesitaba también francés. Acabó tomando clases nocturnas y maldiciendo a Molière y Shakespeare por igual.

Y no hablemos de los quebequenses que se mudan a provincias anglófonas. De repente, su francés impecable no les sirve para pedir una hamburguesa. Es como si un parisino se mudara a Texas, pero al menos aquí no te miran raro por pedir una baguette.

Comparado con otros países bilingües como Bélgica o Suiza, creo que no nos va tan mal. En Bélgica, por ejemplo, las disputas lingüísticas entre flamencos y valones han llevado a crisis gubernamentales. Aquí, al menos, solo discutimos sobre hockey y Maple Syrup.

Al final del día, este bilingüismo es parte de lo que nos hace canadienses. Es complicado, a veces frustrante, pero también hermoso y enriquecedor. Nos recuerda que es posible convivir en la diferencia, aunque a veces tengamos que recurrir al lenguaje universal de los gestos para pedir un café.

Así que la próxima vez que oigas a alguien decir «Hello, bonjour», recuerda que estás escuchando siglos de historia, política y cultura en solo dos palabras. Y si no sabes qué idioma usar, haz como yo: sonríe y asiente. Funciona en cualquier idioma.

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