viernes, abril 4, 2025
Vida En Canadá

Cómo adaptarse a Montreal, mi nueva ciudad

La historia de un nuevo inmigrante latino en Montreal

Llegar a un nuevo sitio siempre es difícil, sea otra ciudad, otro país e incluso una fiesta en la que no se conoce a nadie. Pero a medida que el tiempo pasa, esa angustia inicial va cesando.

Cuando llegué a Montreal no hablaba nada de francés. Frente a los mostradores, a los gestos cordiales, a simples preguntas y a las diligencias, me ponía nervioso. Siempre había pensado que el francés era una lengua muy difícil, y aunque no es tan sencilla (sobre todo la gramática) a medida que me habituaba a ella en el día a día, los nervios e ideas preconcebidas sin razones, se me fueron pasando.

Montreal de Noche. Montreal Downtown. Montreal Centre-Ville

Quizás una tarde, comprando algo en un «dépanneur», cuando pronuncié unas palabras que sentí extrañas, nada mías, me di cuenta de que comenzaba a acostumbrarme. Eso me agradó y en las semanas siguientes aprendí a reconocer lo que más me gusta: la música monótona de esta nueva lengua. Así, las diligencias, relaciones, y demás cosas de la vida cotidiana, pasaron de ser fuente de angustia a convertirse en fuente de placer.

Pero el idioma no es lo único a lo que hay que acostumbrarse en otro sitio. Al comienzo no lograba entenderme con la puntualidad y exactitud del transporte público de acá; todos los horarios están fijados de antemano y puestos en las páginas de las líneas y paradas, al igual que las rutas de cada bus (cada uno tiene un número).

En Venezuela casi siempre me dejaba el último autobús que volvía a casa, entonces los pasajeros debíamos caminar juntos hasta una línea de taxis y organizar viajes colectivos; ya me había habituado a esa flexibilidad, y quizás por eso me costó tanto acostumbrarme al principio acá, aunque ahora he aprendido a jugar con la rigidez de los horarios y las rutas, de modo que con un mínimo de orden casi siempre me desplazo tranquilamente.

Hay otras cosas muy distintas, a las que no es tan difícil acostumbrarse, más bien todo lo contrario, uno las recibe con los brazos abiertos. Yo no estaba habituado a la diversidad cultural, siempre me habían dicho esa frase del «choque de culturas», pero estando acá ya no la repetiría, porque en Montreal es muy difícil que las culturas «choquen». Más bien cada quien va descubriendo en sí mismo qué le gusta del otro y qué no, pero sobre todo como un inmigrante más, una parte de esta masa diversa que habita la ciudad. Así que cuando en el autobús hay un filipino, un croata, un mexicano, una china, dos árabes, tres belgas, etc., no percibo ningún «choque», y eso es algo invaluable a lo que si se tiene la disposición, uno se adapta con facilidad.

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También eso trae consigo otra de las adaptaciones más sencillas: degustar los cientos de sabores y sazones de las distintas latitudes que confluyen en Montreal.

Aquí siempre va a haber un espacio para los amantes de la comida peruana, de la comida italiana, de la comida española, árabe, china, venezolana, y pare usted de contar porque sino ya se abre el apetito.

Acá no va a haber un solo día en que se extrañe el gusto de la tierra de origen, pues los automercados están abastecidos para satisfacer a casi cualquier paladar, al igual que los restaurantes.

Con todos estos balances y matices ya la lengua me parece lo de menos. Sólo lo importante prevalece.

Es domingo. Espero en la parada al autobús. Una pareja hindú llega con su pequeña niña en brazos quien llora porque no le gusta la chaqueta que la apresa. Su padre la sienta en un banco, a su lado una señora mayor, blanca, con el pelo teñido pero las raíces canosas, la observa. En su rostro se reflejan años de sufrimiento acumulados, los labios apretados, muy fuerte, reteniendo las palabras. Riendo, la niña toca el banco con las manos, como si fuera la primera vez que se aproximase a la realidad. La señora también se sonríe conmovida desde lo más profundo de ella misma, seguramente pensando en francés o en inglés. La madre de la niña habla en una lengua hindú por el celular también sonriendo, la niña balbucea sinsentidos en ninguna lengua, y yo registro la escena en español.

Este domingo la ciudad me enseña a oír el lenguaje más allá de las lenguas, el diverso idioma del corazón que hace más sencillo aclimatarse.

Aquí todos son bienvenidos.

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Los esperamos!

Hasta la próxima,

Miguel Chillida.

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